Por: David González Natal, Socio y Director General para la Región Norte de América Latina en LLYC

La igualdad nunca ha sido un camino lineal. A lo largo de la historia, cada avance ha traído consigo una reacción, cada conquista ha generado resistencia. Hoy, en un mundo hiperconectado, esa resistencia ha encontrado en la polarización su mayor aliado. La conversación sobre feminismo, que debería ser un espacio de construcción y entendimiento, ha sido secuestrada por discursos que buscan desacreditar en lugar de dialogar.
En países como México, Panamá, Colombia, República Dominicana y Ecuador, la conversación sobre igualdad ha perdido fuerza en los últimos tres años. Las búsquedas en Google sobre feminismo han caído más de un 30% en la región, reflejando un desinterés creciente. En México, por ejemplo, esta caída alcanza el 36%. Mientras que en República Dominicana, el discurso antifeminista tiene casi el doble de presencia que el feminista, lo que contrasta con la realidad de Ecuador donde uno de cada tres mensajes en contra del feminismo lo vincula con la radicalización o el partidismo, o la de Colombia donde aunque el feminismo sigue siendo más diverso, la mitad de los mensajes en su contra lo reducen a estereotipos y descalificaciones.
El problema no es solo el ruido digital. Es el costo de opinar. En muchos espacios, el feminismo ha pasado de ser un tema de debate a convertirse en una prueba de resistencia. Quienes alzan la voz a favor de la igualdad se enfrentan no solo a críticas, sino a ataques personales, insultos y descalificaciones. Esta hostilidad ha generado un efecto silenciador, alejando del debate a quienes podrían enriquecerlo con matices y experiencias diversas.A esto se suma el impacto de los algoritmos en la conversación digital. Las redes sociales favorecen los mensajes breves y polarizantes, amplificando las posturas más extremas y dejando poco espacio para el análisis y la reflexión. Como resultado, la percepción pública del feminismo se distorsiona, reforzando mitos y prejuicios que poco tienen que ver con la realidad del movimiento. La agresividad ha desplazado al argumento, y muchas personas han optado por el silencio para evitar la confrontación. Si quienes defienden la igualdad dejan el espacio vacío, este será ocupado por quienes buscan perpetuar desigualdades bajo la apariencia de una supuesta normalidad.
Quedarse en silencio nunca ha sido la solución. El feminismo no es un capricho ni una moda, sino una herramienta para construir sociedades más justas. No se trata de imponer discursos, sino de evidenciar que la igualdad es un beneficio colectivo. Y para eso, necesitamos más voces que se atrevan a hablar, más espacios donde el diálogo sea posible, más narrativas que conecten sin caer en la simplificación.
Hoy, el reto no es solo defender la causa feminista, sino rescatar la conversación de la trinchera digital. Porque si dejamos que el miedo nos silencie, no solo perderemos una batalla en redes sociales, perderemos la oportunidad de seguir avanzando en la vida real.